Ojos de niño

Desde hace un tiempo he tratado de recordar la forma de pensar que tenía cuando era niño. Es una idea que me viene constantemente en la cabeza. Ciertamente, vivir era mucho más sencillo. La forma de pensar era en algunas cosas un tanto ilógica, y en la gran mayoría mucho más divertida. ¿Qué es lo que nos hace cambiar tanto desde que somos niños hasta el día de hoy?

Lo primero que me viene a la mente es la madurez. Todos ya somos más grandes. Ciertamente tenemos cara de adultos, cuerpo de adultos, voz de adultos, vidas de adultos. Desgraciadamente, cuando hablamos de una persona adulta no necesariamente hablamos de una persona madura. Basta con sólo ver a un hombre que por un enojo que tuvo cuando iba manejando, arruina todo su día. No sólo eso, sino que sabe muy bien fastidiarle el día a todos los demás gracias a su bendito humor. Alguien maduro es capaz de controlar sus emociones y no dejar que éstas lo controlen a él.

Lo segundo que se me ocurre es la historia personal. Es cierto que cada uno de nosotros somos un reflejo de nuestra propia vida. Pero la verdad no creo que mi cara diga: «20 choques, 35 viajes fuera de México, 2 huesos rotos, 3 familiares muertos y 6 novias». Creo que mi cara refleja cómo he vivido cada una de esas experiencias y cómo las he asimilado. Si esas experiencias me ayudan a conformarme como persona, mi rostro será totalmente positivo. Si no es así, creo que no habrá nadie en el mundo que me soporte.

¿Por qué cambiamos? No sé si sea la evolución del cerebro o lo que se aprende a base de golpes y tropezones. Lo que sí sé es que es somos muy diferentes ahora que cuando éramos unos escuincles. De hecho, es un halago para alguien decirle que sigue siendo igualito a cuando era niño. Quiere decir que sus intenciones, su humor, sus gustos son auténticos. Muchos de nosotros ya no podemos decir eso, lo que podemos hacer es trabajar por recuperar esa esencia y conservar lo bueno que hemos aprendido durante el camino.