El hombre actual

El ritmo de la vida actual demanda al hombre una actitud totalmente antinatural, una actitud desmedida, que no escatima en cuanto a su cometido, una actitud excesivamente compulsiva y acelerada. El ser humano actual, como esclavo de la comodidad, entrega su devoción al nivel de vida del que goza, creyendo que a mayor nivel tecnológico (vaya que lo hay) tendrá mejor estilo de vida y mejor calidad de la misma.

El ser humano se ha lanzado a la carrera en pos de la seguridad, de saberse protegido, de encarcelar a su imaginación e intelecto, pues de sobra sabe que esto le despertaría parte de su naturaleza humana, la racionalidad; y la ha encadenado en el bendito placer de lo cotidiano, de lo familiar, de lo común y lo trivial. Se ha sumergido en los mares de la repetitividad, aspira al día siguiente para que, de esta forma, pueda así aspirar al próximo día. Nuestra forma de pensar se ha sistematizado, pensamos como quieren que pensemos, hacemos lo que esperan que hagamos y vivimos como nos lo demanda la modernidad.

Nos hemos transformado en entes con tintes fantasmagóricos, nos hemos alejado de nuestra naturaleza para adoptar actitudes que la contradicen. La única explicación que logro encontrar para que el hombre soporte tanta opresión, tanta crueldad, tanta intolerancia y tanta injustica, es su indiferencia, que no es más que un resultado más del egoísmo. Egoísmo, el mayor mal humano conocido, desde el inicio del hombre, hasta el día de hoy.

El hombre ha adoptado una actitud pasiva ante su inminente destrucción de la que él es protagónico. Se ha quedado rezagado en cuanto a conocimientos, sustituyéndolos con datos a los que está pendientes por doquier, escucha las noticias sin analizarlas, sin pensarlas, sin juzgarlas. Lo único que acapara su invaluable atención de manera total, es la televisión, aquel objeto que despierta en Sabato tanta rabia y descontento. La mayor preocupación del hombre es si realmente María Antonieta III es la verdadera hija del patrón y si está embarazada o no. El mundo puede girar como sea, destruir todo lo conocido, pero con la única condición de que no inmute esa tranquilidad tan amada por el hombre promedio.

Dentro de su primera carta, Ernesto Sabato nos plasma su inexorable inquietud por despertar en nosotros una nueva forma de ver al hombre. Nos exhorta a considerar los niveles de grandeza a los que podemos aspirar con tal de mirar desde otro enfoque. Es una invitación que nos alienta a sacudirnos la pesadez de lo banal y superfluo para arroparnos con esa capacidad tan carente de asombramiento, de volver a creer, de vencer el miedo a la admiración de las cosas. Pues ciertamente es sumamente paradójico apreciar más el paisaje visto en una televisión con la más alta definición que en la vida real.

Dentro de la misma carta, Ernesto nos recuerda nuestras cualidades naturales por el hecho de ser hombres. Nos recuerda que contamos con alma, que es necesaria la convivencia en sociedad para nuestro pleno desarrollo, pues es sólo a través de la expresión que el ser humano se confirma como tal. Nos reitera nuestra libertad, destinada para el cumplimiento de nuestras vidas, y sin ella, nada tendría sentido. Sobre todo, en tono imperativo, nos recuerda la calidez que nos puede brindar un par de brazos, la confianza que nos puede infundir una mirada y la paz que obtenemos al mirar a una persona estimada.

El hombre ha desviado la vista de su verdadera misión, se ha sentado en los peldaños de la comodidad, pero un buen día dará ese salto que lo levantará de su egoísmo y comenzará a vivir realmente para sí a través de los demás, ese día ha de llegar y pronto el hombre, en sociedad, retomará su lugar, se reposicionará y asumirá el rol que le corresponde, no el que conviene que tenga.  Deshilará la venda de la indiferencia que le ha cubierto hasta el momento y verá al mundo con ojos nuevos, con verdaderos ojos de hombre, naturales, ajeno a todo sistema y se admirará de las grandezas de la vida.

Hace tiempo líneas concluyentes no me conmovían tanto como la sentencia de Sabato al final de ésta carta: ¨Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano, a nuestra medida¨. Y al igual que él, creo en el hombre.

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Brian Zaldivar Masso. Estudiante de Derecho, 19 años