¿A la guerra sin fusil? O ¿A la carretera sin gasolina?

Veníamos de regreso de la playa, tres amigos y yo. Hace calor, así que pido poner el aire acondicionado. Es lógico hasta cierto punto, ya que si abres las ventanas en la carretera te revientan los oídos.

Recorremos el camino con buena música, disfrutando del camino. De pronto, llegamos a la caseta y el conductor (un amigo mío que solamente “se deja llevar por el momento”) le pregunta a la señorita: “Disculpe, ¿hay una gasolinera aquí cerca?” La escena de película de terror comienza cuando la señorita contesta: “Uuuuuuuy no joven, la más cerca está como a 30 kilómetros.” En ese momento escuché la conocida música de El Exorcista (no es broma, la escuché).

La discusión continuó y mi querido amigo dijo: “Ah perfecto, sí llegamos”. Por curioso me asomé al tablero del coche y ví la aguja indicadora en la E y encendido el foquito de la gasolina. A partir de ese instante, la música de El Exorcista se transformó en la de Psicosis (sí, esa chillona que pone los nervios de punta).

A partir de ahí, fueron minutos (no sé si una hora o más) de pánico, terror, sudor frío, y oraciones a san Judas, san Francisco y los 12 apóstoles para no quedarnos sin gasolina en medio de la nada (lo cual sería más peligroso que viajar de noche en carretera, pero ese es otro tema). Así que ahí íbamos, fingiendo que todo estaba bien y la gasolinera no aparecía.

Si mal no recuerdo pasamos 30 kilómetros, 40, y hasta 50 y… nada. Se veían luces a lo lejos. Yo de ingenuo, pensando “tal vez ahí haya una gasolinera”. Entramos a las luces, salimos de las luces y nada. Finalmente pudimos respirar, unos kilómetros más adelante, ahí estaba. Era la clásica lucecita verde con rojo: Pemex. Me dio gusto no tener que contarle a mis nietos la historia de cómo su abuelo estuvo parado en medio de la carretera de Guerrero temiendo por la venta de órganos, la trata de personas o el narcotráfico. En fin son cosas de la vida…