Cuando la vida habla…

Marco era un niño de esos que consideran los pequeños detalles de la vida como algo grande, muy grande. Para Marco, su día favorito en el año era su cumpleaños. Contrario a lo que se pueda creer, no era su día favorito por la cantidad de regalos que recibiera, ni siquiera por la fiesta que le organizara su familia. Para Marco, su día favorito era su cumpleaños y de su cumpleaños lo que más le gustaba era el pastel. No por el sabor, el tamaño o la decoración. Marco esperaba el momento del pastel para soplar las velas y pedir un deseo.

«Hijo, cuando es tu cumpleaños y apagas las velas soplando, puedes pedir un deseo y como es un día especial, la vida te lo puede cumplir», le dijo su mamá al cumplir 3 años. A partir de ese momento, Marco creía en eso más que en Santa Claus o cualquier cuento de hadas. En ese momento, Marco solo pensaba en ser feliz y fue el deseo que pidió.

En los años siguientes, Marco reflexionaba con mucha anticipación en el deseo que quería pedir. Durante días y semanas se la pasaba imaginando lo que más quería. Sus sueños iban desde un juguete grande, un viaje al otro lado del planeta y conocer a los presidentes más importantes del mundo. Sin embargo, al momento de pedir el deseo, Marco siempre terminaba con la misma conclusión: «Quiero ser feliz».

Pasaban los años, y Marco dejó de creer en Santa Claus, los cuentos de hadas no llamaban más su atención, sin embargo, los deseos en el día de su cumpleaños se conservaban. Sus amigos comenzaron a crecer y de pronto, parecería que festejar con un pastel era muy infantil. Ellos organizaban fiestas de “gente grande”, con música, luces y alcohol, mucho de este último. Sin embargo, Marco, seguía con la misma ilusión de apagar las velas de su pastel.

Tenía 14 años cuando perdió a su papá por una enfermedad muy extraña, que lo había hecho sufrir por varios meses. Marco se sentía tranquilo porque la agonía de su padre había terminado, pero al mismo tiempo, sentía un vacío que nada podía llenar. «No importa» pensaba hacia sus adentros, «cuando llegue mi cumpleaños pediré mi deseo, y seré feliz». Llegó el momento de soplar las velas y nuevamente deseó con todo su corazón y con toda su alma «Quiero ser feliz». Nada parecía cambiar, nada le iba a regresar a su papá a pesar de muchas otras oportunidades que se le presentaron.

Nuevamente al crecer, Marco fue expulsado de la universidad, no le renovaron la beca y tuvo que dejar de estudiar. No había nada que lo reanimara. Faltaba casi un año para su cumpleaños y poder pedir su deseo de ser feliz para que la situación se corrigiera. A pesar de que conoció a una mujer que se volvió su novia, no estaba muy animado. Esperó pacientemente y cuando llegó la fecha, lo deseó con más fuerza que nunca. Pero nada cambió mucho.

Mientras sus amigos se titulaban, se casaban e iban teniendo una vida exitosa, Marco parecía estar envuelto en una maldición. Su novia, con la que llevaba años, lo dejó por no ser un buen partido, cada cuatro o cinco meses cambiaba de trabajo. Parecía que el mundo se había vuelto en su contra. Cuando le llegaban oportunidades de un buen trabajo, las rechazaba por no ser lo “suficientemente apto”. «Pero llegará mi cumpleaños» decía para sí «y se cumplirá mi deseo de ser feliz».

Pasaron más de 50 años y su deseo de ser feliz parecía no cumplirse, pero cada año esperaba el momento del pastel, donde deseaba lo mismo de siempre, cada vez con más fuerza. Marco se había casado con una buena mujer, había finalmente conseguido un trabajo estable. Al jubilarse, sus hijos lo cuidaban porque ya no podía caminar muy bien. Un día, mirando a la ventana, recapituló toda su vida y considerándola su interlocutor, le dijo: «Siempre te pedí solamente una cosa: ser feliz. No pedí dinero, no pedí muchas amistades, no pedí una gran familia, sólo ser feliz y no lo logré a pesar de que año tras año pedía lo mismo». Se quedó mirando a la ventana, y ésta se transformó en una especie de pantalla, donde toda su vida transcurrió frente a sus ojos al tiempo que le hablaba. Le decía:

«No acostumbro usar las palabras, hablo más profundamente, a través de los acontecimientos, a través de cada segundo. Con cada rayo de sol en la mañana y cada estrella de la noche tengo algo que mostrarte. Con cada risa de un niño y de un amigo tengo algo que decirte. Con el viento del verano y el agua del océano te acaricio. Pero hoy no tengo otra opción. Me pediste un deseo, que te concedí desde el primer instante que lo mencionaste. Detrás de cada momento difícil que te puse enfrente, estaba esperándote para continuar con el camino, pero en lugar se seguir adelante, retrocediste. Como insistías en tu deseo cada vez más, te mandaba un nuevo reto, abriendo así, nuevos senderos hacia la felicidad. Siempre te asustaste y diste media vuelta. No hay otra persona sobre la faz de la tierra que haya tenido más oportunidades de ser feliz que tú. Sin embargo, hay muchas personas que cruzaron el umbral con solo un par de ellas, aprendieron y siguieron adelante encontrando la felicidad en el camino, tú no, y es un misterio para mí».

Al terminar el recorrido, Marco, de 75 años, se quedó callado, reflexivo. Desde ese día, se arrepintió de no haber leído los signos, de haber sido infeliz toda su vida por no aprovechar las oportunidades que la vida le presentó específicamente para cumplir su sueño. Llegó el cumpleaños 76 y estuvo de nuevo frente a esas velas, que su madre le había enseñado desde muy temprana edad. No había pensado mucho en su deseo, parecía que ya no tenía caso pedir ninguno, ni continuar con la tradición. A pesar de todo, se lanzó rápidamente a apagarlas y al soplar, pensó profundamente «Gracias por todo lo que me diste».

En ese instante, dos escamas cayeron de los ojos de Marco y pudo ver claramente la película de su vida, incluyendo los momentos de alegría que había vivido en 76 largos años. Lloró y al levantar la vista, observó a su familia, amigos y seres queridos. Su sueño se había vuelto realidad… no en su vejez, sino a lo largo de su existencia. Era feliz. Lo había sido toda su vida.