A veces no veo a la gente a los ojos

Admito una cosa, a veces no me gusta ver a la gente a los ojos. Sí, lo sé: lección 1 de Comunicación. No sé por qué me pasa. Supongo que hay veces no estoy dispuesto a tener comunicación y menos, una comunicación profunda con alguien. Parece ridículo que un comunicólogo, en ocasiones, no tome este paso primordial.

Supongo que al principio lo hice por timidez… cuando era chico y prefería estar encerrado en mi mundo, donde todo era como yo quería. Cuando creces, tienes que abrirte a otras personas, dejarlas participar de tu vida y tú participar en la suya. Esto es diferente. Lo he hecho muchas veces, y me encanta. Me cuesta, pero me encanta. Los mejores momentos en mi vida los he pasado al lado de alguien, compartiendo su vida.

Pero al mismo tiempo, dentro de mí hay algo que me hace regresar a ese niño, en su mundo de fantasía, donde todo era bueno y donde no había mal. Ahí, nadie te molesta, nadie te lastima. Así que cuando volteo los ojos y no veo el alma de mi interlocutor, puedo ser lo que sea. Puedo estar viajando por mis pensamientos y mis sueños, puedo tomar fuerzas para lo que siga, puedo gritar un grito que no se oye. Todo sin mover nada más que los ojos.

Supongo que algunos viajan y se pierden, otros se encierran en su cuarto, algunos corren con rapidez y sin dirección particular. Yo, decido a veces no ver a la gente a los ojos. Y no es que tenga nada que esconder, sino que tengo mucho que mirar en el interior.

No pienses que no me interesas, no pienses que estoy ausente, no pienses que no disfruto de tu compañía. Simplemente estoy poniendo en equilibrio el interior y el exterior. Por eso, a veces no veo a la gente a los ojos, aunque cuando lo hago, es lo mejor que puedo hacer.