Carta a Benedicto XVI

Joseph Ratzinger. Papa Benedicto XVI

Joseph Ratzinger. Papa Benedicto XVI

Muy estimado Benedicto:

O no sé si prefieras Joseph, lo más probable es que nunca recibas esta carta, pero te la escribo por necesidad, porque tus escritos a mí sí me han llegado y siento como deber responderte de alguna forma.

Se escuchaban tantas cosas de ti cuando eras Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Daban miedo los rumores que corrían. Cuando escuchamos esas palabras: «Josephum Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger», ¿Qué se podía esperar de ese nombre al que rodeaban tantas opiniones?

Fue ahí cuando decidí leer Sal de la Tierra, tus palabras en esa entrevista me llegaron. Me llamó la atención tu sencillez, tu claridad, la pasión que demostrabas por la Iglesia y su misión. Tu conocimiento de Cristo y del hombre. Me quedaba claro que tendríamos un Papa sabio y, además, profesor. Nunca en esas ideas se vislumbraba la intención de ocupar la silla de San Pedro. Eso lo confirmaste en tu elección donde te describiste como: «un simple trabajador en la viña del Señor».

Mientras todos te seguían comparando con Juan Pablo II, tú siempre lo exaltaste, lo citabas y lo recordabas como tu «querido predecesor». Nunca pretendiste ser él, solo aprovechaste su legado y buscaste continuar con la misión ininterrumpida de los pontífices.

Lo primero que nos dijiste: «No tengan miedo, Cristo no quita nada y lo da todo», muchos lo hemos podido comprobar en nuestra vida. En tu primera encíclica, volviste a lo esencial, a lo que creemos los cristianos: «Dios es Amor». Así hablaste en innumerables documentos y discursos, con claridad y sencillez, con exigencia y cariño.

Me di a la tarea de conocerte mejor, de leerte y así, me fueron cautivando tu vida y tus palabras. Estás enamorado de Jesús de Nazareth, lo conoces y lo presumes, lo transmites. Hasta escribiste un gran tratado sobre él.

Eres sincero, y lo demostraste al platicar con Peter Seewald, el mismo periodista que te había entrevistado 15 años atrás. Ahora el título era Luz del Mundo. Gracias a esa charla supimos lo que hay en tu cabeza y en tu corazón. Tienes los pies en la tierra, sabes que hay problemas, y que no son nada sencillos, pero sabes también que Dios no nos abandona.

No te decían el Papa viajero, y sin embargo viajaste —muchísimo— a múltiples países y continentes y supiste hacerte todo para todos. En México, un alemán como tú, se mostró tierno, cariñoso con los niños, cortés con los políticos, espontáneo y hasta un poco impuntual. Rompiste en los corazones mexicanos la imagen que varios tenían de ti y nuestro pueblo, como muchos otros, te recibió con gran cariño.

Nos recordaste algo, pedir a Dios que creara en nosotros un corazón puro, como decía el salmo de tu misa multitudinaria en Guanajuato. Porque cuidando el corazón, lo demás se arregla de modo natural.

«Pidamos a Cristo un corazón puro, donde él pueda habitar como príncipe de la paz, gracias al poder de Dios, que es el poder del bien, el poder del amor. Y, para que Dios habite en nosotros, hay que escucharlo, hay que dejarse interpelar por su Palabra cada día, meditándola en el propio corazón, a ejemplo de María»

Palabras dijiste muchas, todas valiosas, todas interesantes. Tú no eres forma… eres fondo. Todas tus catequesis sobre los santos nos llenaron de ejemplos a seguir en nuestro tiempo. Nos inspiraron a seguir a Cristo a pesar de las dificultades. Tus palabras sobre la oración en las audiencias fueron una auténtica escuela, con toda la riqueza de la tradición de la Iglesia, y es que sin oración, la fe pierde sentido.

No olvido tampoco, cuando hablaste en la universidad de Francia sobre el Quaerere Deum. Los monjes, que buscaban ardientemente en su corazón a Dios y que esa es una condición indispensable para nosotros. Tengo muy presentes tus palabras en una entrevista, donde aceptas que es un momento difícil para la Iglesia, donde las comunidades católicas se reducen, y sabes que en esos pequeños grupos, la fe seguirá viva. No se me olvida el libro Nadar contra corriente, donde con toda sinceridad reconoces que no sabes las razones del sufrimiento humano y la injusticia, pero ofrecías tu cercanía y tus oraciones.

Tú también has sufrido —sólo Dios sabe cuánto— por las dificultades que has tenido que enfrentar. Te tocó el estallido de una bomba de escándalos sexuales por todo el mundo, que ha dañado la imagen de nuestra Iglesia. Has guiado a esta Iglesia por una de las peores crisis de su historia y lo has hecho con la seriedad con la que se deben tratar estos temas. Lo has hecho con valentía, sin miedo a mostrar la verdad, aunque duela mucho. Lo has hecho con amor, pero también con una exigencia dura, como lo haría un buen padre, como lo hizo Cristo en su momento. En medio de monstruosidades como las que te tocaron enfrentar aunque no fueran culpa tuya, supiste guiar nuestra mirada a Dios, tener ojos llenos de esperanza en el futuro.

Tu última invitación, a vivir el año de la Fe, nos recuerda que la Fe es la puerta que nos lleva a Dios, que nos lleva al cielo. Mientras haya fe, habrá esperanza y amor en el mundo.

Tienes 85 años, y a pesar de tu edad, eres de las personas más conscientes de que vivimos en el tercer milenio, en pleno siglo XXI y que la tecnología, la velocidad, las comunicaciones y las sociedades cambian. Tú lo has hecho, y has invitado hasta el cansancio a la Iglesia y a los sacerdotes a introducirse en el mundo moderno. Hasta abriste tu cuenta de Twitter, donde publicas mensajes claros, cortos y concretos, como a los que hoy estamos acostumbrados.

Tienes 85 años y es lógico que el cuerpo no te responda. Tú eres el único hombre vivo que conoce el peso que carga un Papa y solo tú —mejor que nadie— sabe lo que hoy necesita la Iglesia. Tu renuncia no empaña tu legado, al contrario, lo corona. Te vas, con tu sensatez de siempre, con la humildad que nos has demostrado que tienes. Gracias por buscar el bien de la Iglesia antes que tu propia gloria o vanidad.

«Os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos».

Nos das las gracias. Sin embargo, yo te doy las gracias a ti por todo lo que me enseñaste: por vencer a tu carácter para poder alcanzar a la gente, por aceptar la voluntad de Dios a pesar de las complicaciones, por no cansarte de predicar el Evangelio, por hablar siempre con la verdad, por amar apasionadamente a Cristo, por enseñarme que la fe se razona y se profundiza, por venir a visitarnos a México. ¡Gracias!

Siempre lo he pensado, eres el mejor Papa con el que nos pudo haber tocado vivir estos 8 años.

Gracias Benedicto, cuenta con mis oraciones, tu amigo,

Diego Parada