Dios le da las batallas más duras a sus soldados más valientes

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Debo admitir que ocasionalmente me he preguntado por qué soy tan afortunado. Las tragedias en mi vida son muy pocas, casi nulas podríamos decir. No he tenido que atravesar nunca por fuertes enfermedades, problemas económicos o muchas pérdidas. Algunas veces se me olvida recordar esto. Cuando me topé con esta frase ya hace tiempo, mi percepción sobre este tema cambió radicalmente.

No creo yo que sea afortunado, especial, consentido o protegido. Y si lo soy, no es por mérito personal. No me malentiendan, estoy agradecido por esto, pero al mismo tiempo estoy convencido de algo: Si no he tenido que atravesar por esto, es porque no soy digno de hacerlo. La Madre Teresa y Juan Pablo II en el siglo pasado hablaron mucho del sufrimiento y cómo los que sufren salvan al mundo.

Cuando el dolor llega a nuestra vida, nos volvemos más humanos. Nos hacemos más sensibles a las necesidades de los demás. Sabemos ser empáticos. Aprendemos a “amar hasta que duela“. Y ese dolor tiene un valor inmenso. Pero no cualquiera puede con esa carga. De hecho, para llevarla, se necesitan personas que desde antes reúnan estas características.

En los últimos años, he tenido la fortuna de conocer a estas personas tan especiales, que les ha tocado atravesar un dolor incalculable con ellos mismos, su familia, sus hijos, su comunidad. Y a pesar de todo, tienen una sonrisa sincera y un corazón humano, son cálidos y cercanos. Ellos son los soldados valientes de Dios.

Si alguno de ellos leyera estas líneas, me gustaría pedirle que no se rinda, porque el mundo necesita su fuerza. Si alguno de ellos leyera este mensaje, quisiera que sepa que no está solo. Que personas como yo, que tal vez no somos tan fuertes o tan buenos, haremos lo posible por aligerar su carga. Si alguna de estas personas lee estas palabras, quiero que siga adelante, porque nadie nos da una carga que no podamos soportar. ylavidasigue-iconofin