Todo es incierto en esta pandemia, ¿qué no lo era siempre?

Uno de los temas que más discutimos en público y en privado, en lo profesional y en lo personal sobre la crisis del COVID-19, es la incertidumbre que tenemos todos para prácticamente cualquier suceso de nuestra vida.

Ya para estas alturas de la contingencia, hay parejas que han cambiado la fecha de su boda 2 o 3 veces, resignándose a dejarla a mediados del 2021. Empresas están cerrando sucursales o unidades de negocio completas definitivamente. Eventos especiales se siguen cancelando o se realizan en una versión light online (como recientemente el San Diego Comic Con). Todo plan de hacer un viaje alrededor del mundo se ha visto interrumpido.

Es cierto, para estas alturas sabemos que ya no podemos planear, no podemos irnos muy avanzados al futuro, porque todo puede cambiar de una semana a otra. Nos dan miedo las reuniones y congregaciones de personas y estamos híperalertas para detectar a aquellos que no se cuidan o no respetan las reglas a nuestro alrededor.

Hoy la realidad nos está dando uno de los golpes más fuertes de la historia reciente.

Todo es incierto. Esto ha provocado ansiedad y depresión en muchísimas personas alrededor del mundo. Es natural. Todos necesitamos tener el control de nuestra vida, de lo que hacemos, de lo que decidimos y nos gusta saber qué vamos a hacer mañana. Hoy la realidad nos está dando uno de los golpes más fuertes de la historia reciente. ¿Qué va a pasar con nuestro trabajo, con nuestras empresas, con la escuela de nuestros hijos, con nuestras familias o esas personas que dependían de la interacción social para vivir?

Esta sensación te deja indefenso… al descubierto… con dudas… con miedo. Es normal y por mucho que lo tratemos de ocultar o de contrarrestar con nuestras decisiones, rutinas o con nuevos proyectos, sigue ahí. Va en contra de nuestras tendencias naturales y de todo lo que hemos conocido en la vida.

Pero ¿qué se puede aprender de todo esto? ¿Qué no siempre la vida ha sido igual de incierta? Todo lo que presumimos que tenemos, se nos ha dado de alguna u otra manera. Todo lo que hacemos puede acabar en un instante. Las reacciones y comportamientos de las otras personas están fuera de nuestro control. Nuestra vida misma está fuera de nuestro control.

Esto a mí me da más miedo que la pandemia o que la crisis económica. Saber que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra propia vida. Algunos filósofos, los santos, los sabios nos llevan la delantera en esto, desde el “yo solo sé que no sé nada” de Sócrates hasta el memento mori de los estóicos. Entender que no tenemos garantía de nada, más que de nuestra muerte es la única manera de estar en paz.

Si algo quiero aprender, es a dejar ir los detalles insignificantes, disfrutar el ahora, no relacionar mi valor personal con lo que hago, no poner mi tranquilidad en lo material o lo monetario. Si algo quiero aprender es a mirar a la muerte a la cara y cargar con ella todos los días para darle perspectiva a mi vida. Si algo quiero aprender, es a vivir en la incertidumbre, hacerla mi aliada y caminar juntos a través del tiempo.

La incertidumbre ya nos está enseñando, la pregunta es, ¿estamos aprendiendo algo?

Carpe diem quam minimum credula postero memento mori”  – Aprovecha el día, no confíes en mañana, recuerda que morirás.

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