Vivir con propósito

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Hay más de siete mil millones de personas en todo el mundo. Cuando salimos de nuestra burbuja y nos asomamos al resto del planeta es casi imposible no sentirnos insignificantes. ¿Realmente podemos hacer algo grande? ¿Realmente tiene sentido nuestra existencia?

Todos nos preguntamos esto en algún momento de nuestra vida. Si no lo has hecho, es momento de pensarlo. ¿Qué estoy llamado a hacer? o mejor dicho ¿Qué estoy llamado a ser? Ese es nuestro propósito, nuestra misión, nuestro llamado.

No se trata (solamente) de dónde trabajamos o a qué nos dedicamos. Se trata de reconocer que el universo que nos puso aquí (o para algunos de nosotros, Dios) tiene un propósito para cada uno. Cada átomo tiene un sentido, cumple una función y sirve para algo, con más razón cada ser vivo y aún más, cada ser humano.

Creo firmemente que todos tenemos un propósito en la vida. Llámalo como quieras, puedes decir que es una misión que cumplir, un objetivo que alcanzar, un sentido que encontrar. Eso no es lo importante, lo verdaderamente importante es que lo tenemos y que nuestra tarea es encontrarlo y seguirlo.

Pocas veces nos paramos a reflexionar en esto. Muchísimas menos de las que debemos. Y cuando lo hacemos, a veces lo olvidamos después de un tiempo y entramos en un piloto automático que no necesariamente nos conduce a donde debería.

Por eso, todo propósito comienza con esa pregunta. Pero, ¿dónde encontramos la respuesta? Eso es lo importante. La respuesta llega en cada victoria, en cada fracaso, en cada cambio y la debemos escuchar. ¿Cómo? Guardando silencio, porque normalmente, nuestra vida habla con suspiros, nuestra alma se escucha en el silencio en lo pequeño, en los detalles. Cuando logramos quedarnos lo suficientemente quietos, todo cobra sentido.

Lo cierto es que no siempre tenemos tiempo para hacerlo, nos gana el ruido, las prisas, las preocupaciones, el trabajo, las ideas, la velocidad. Pero es vital que lo hagamos. Porque si no escuchamos los suspiros, la voz de vuelve más fuerte, las cosas se vuelven más duras, una vez tras otra, hasta que seamos capaces de escuchar y reaccionar.

Por eso, es mejor estar a la escucha, cada día, cada momento, cada año. Para ver ese llamado y ese plan que Dios tiene para nosotros y saber responder a él.

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