El hombre actual (2)

En la segunda carta, Sabato nos manifiesta su consternación por la carencia de valores en los tiempos actuales. Nos señala que en las sociedades desarrolladas los valores comunitarios y hermosos, aquellos que no tienen remuneración, han sido desplazados hacia un segundo término.

La tristeza de Sabato por ver como una en ciudad tan majestuosa como lo era Buenos Aires, aún en el mismo país de Borges y Cortázar, la apreciación por lo hermoso se ha ido escaseando, y esa tristeza se contagia. En nuestra Ciudad de México, aquella que alguna vez fue conocida como la Ciudad de los Palacios, por las mismas calles en las que transita Carlos Fuentes, el ya difunto Monsivais y el repatriado García Márquez, nos asombre más en contenido de una pantalla que la belleza de la misma ciudad. Cómo en una ciudad tan cultural, tan basta en cuanto ofrecimientos, se viva en una inmensa ignorancia, en una cultura de la individualidad y el conformismo.

Vivimos en un lugar donde cada día más es obsoleta ya la conversación, el diálogo, y aún cuando este se establece, no se habla más que de trivialidades, de quién ganó el fin de semana y de qué me puse el día de hoy. Es irreal el hecho de que nos privemos de una caminata por Paseo de la Reforma, una visita al centro, a sus calles, a sus palacios; a la oficina de Correos, a Bellas Artes, es irreal que prefiramos sentirnos falsamente seguros en nuestras casas, pegados a la televisión viendo la telenovela de moda, pendientes del partido.

El valor que más se ha sumido en el abismo es el de la gratitud. Vivimos por vivir sin pensar en que es el bien más preciado que tenemos, sentimos que es por obligación que estamos viviendo, se nos olvida ser agradecidos con la vida, por sus paisajes, por sus árboles, sus animales y su dicha. No exigir lo mejor de la mano de lo amado es indiferencia, lo contrario del amor. La vida del hombre solamente se centra en cuanto al valor monetario, al valor de utilidad, le ha vendido su alma al valor que le ha dado al dinero.

En cuanto a crisis, la única que ha acaparado su atención es la económica, no se da cuenta que las crisis abundan por doquier, no se ha dado cuenta de la crisis más alarmante, la crisis de los valores. Está cegado por las tendencias liberales del mundo, piensa que es señal de progreso, y por lo tanto, de un mayor bien común. No ha comprendido que la crisis en cuanto a valores no es más que el resultado de sus números rojos surgidos de permitir distintas aberraciones, práctica sumamente de moda en nuestros días, aberraciones como permitir el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la acción de adoptar. Estamos atentando contra la naturaleza, contra nosotros mismos, y esto se origina en el desuso diario de los valores universales.

El hombre moderno es atacado por dos frentes que surgen del mismo enemigo, la ciencia. Gracias a la ciencia hemos desarrollado impresionantes artefactos tecnológicos, que en teoría deberían elevar la calidad de vida del hombre, pero con estos artefactos tecnológicos, el hombre ha perdido su esencia, su capacidad de pensamiento abstracto, su memoria y su imaginación, cualidades que se han quedado aprisionados en las trincheras de la enajenación. Resulta paradójico que el avance desmesurado de la ciencia haya elevado nuestra esperanza de vida, pues ha encontrado la cura a distintos padecimientos, y que al mismo tiempo, esa ciencia tan elevada haga posible la interrupción del embarazo, que brinde el medicamento necesario para darle a una persona la muerte, justificándola como una acción encausada, llamándola eutanasia.

Gracias a los avances tecnológicos el hombre goza en todo  momento de la comunicación, es prácticamente imposible estar incomunicado hoy en día, esto podría entenderse, en teoría, como algo sumamente beneficioso para el hombre, pero realmente ha sido de las cosas más atroces que le han sucedido, ha preferido la comunicación a través de una computadora sobre la presencia física de la otra persona, ha preferido el contacto a través de la proyección de una imagen, que el tacto y la capacidad de palpar al emisor. Ha perdido el sentido del valor que un abrazo, una caricia y un beso significan para el hombre

La pérdida de los valores ha atraído consecuencias catastróficas, ha dado lugar a paradojas inimaginables, el hombre se siente más solo que nunca. Nunca había estado tan comunicado, con tan alta esperanza de vida, nunca había estado tan rodeado de personas, pero está inmerso en su soledad, se ha abandonado a su propio ser. Ha reemplazado la fe por la confianza en sí mismo, ha mudado de Dios, ahora su Dios es él mismo, cuyos preceptos son el bienestar, el culto a sí mismo y la reverencia a las grandes aportaciones tecnológicas. Nos hemos vuelto un producto más del mercado cuyo empaque se presenta como un viejo, cansado y desesperanzado saco de huesos. Nos hemos vuelto artificiales.

Brian Zaldívar Masso, estudiante de Derecho, 19 años.