El día en que murió la sonrisa

Todos se preparaban para el funeral. El ambiente era denso. Casi no se podía respirar. Era un momento que todos estaban esperando. La sonrisa ya estaba muy enferma últimamente. Sin embargo, el dolor se sentía como en cualquier muerte. Era una muerte anunciada, pero no por eso menos sorprendente.

La sonrisa estaba enferma, y llevaba así muchos años. Su condición se había agravado con el tiempo. Dolía verla en sus últimos días. Tenía muy inflamado el egoísmo, lo que la hacía tener muy mal semblante. A esto se sumaba la hipocresía crónica que había padecido desde que era joven. Algunos accidentes la habían dejado visiblemente dañada. La muerte fue fulminante y lo hubiera sido incluso sin achaques. Causa: un ataque de indiferencia.

Se le rindieron honores, aunque en realidad la gente no pudo decir mucho. Estaban golpeados por el acontecimiento, pero la causa del silencio no era esa. Más bien era un sentimiento de alivio. Ya nadie vería a la sonrisa cargando tantas cosas en la espalda, quejándose o cobrando favores. Por eso, había gente que llevaba el luto en la ropa, mas no en el alma. Otro que caminaba por ahí solamente se preguntaba qué habría dejado la sonrisa en herencia… no sabía que murió intestada.

Pasaron los días y todo simulaba estar bien. Pero con el correr del tiempo, la ausencia se hace más pronunciada. “Extraño ver a la sonrisa de vez en cuando”, se escuchaba a veces en los cafés. Los amigos platicaban entre sí y admitían “Como haya sido, la sonrisa siempre conseguía que todos se sintieran bien”. Y los ancianos se preocupaban de que otro ataque de indiferencia, que ya eran comunes incluso en los jóvenes, matara al siguiente. Y es que es muy difícil salir vivo de un ataque de esos.