Fe en la humanidad, reestablecida

Últimamente me han sucedido varias cosas que me han motivado a creer nuevamente en la humanidad. A veces con tantos líos políticos, económicos, conflictos y hasta peleas de Carmen Aristegui y la Señorita Laura, se nos olvida lo verdaderamente importante: todos pertenecemos a la raza humana. Y no me refiero a la raza a la que le canta Gloria Trevi en sus conciertos, sino a la totalidad de la humanidad, para la cual no importan las diferencias de color, religión o país. Les comparto algunas de las experiencias que he tenido y que me han devuelto la esperanza en un mundo mejor:

Me encanta

Todos sabemos que en un McDonald’s nos encontramos a las personas más raras del planeta. Puede haber un ejecutivo apresurado, un turista gringo perdido y una señora de familia con sus hijos. Sin duda, es un punto de encuentro de todo tipo de sectores sociales. Resulta que un día con poco tiempo de comida paré ahí. De pronto, un vagabundo entra con un vaso de McDonalds vacío. Seguramente lo había guardado de otra ocasión, lo había lavado y cuidado. Comenzó a acercarse a las mesas y le preguntó a la mujer de al lado de mí: «Disculpe, ¿me podría regalar un poco de su refresco?» Ella se le quedó viendo y le respondió: «No, Señor». Yo no sabía qué pensar en ese momento. A lo que ella agregó: «…se lo regalo todo».

«No traigo cambio»

Todos acostumbramos estar en el tráfico estresados y es muy común que te empiecen a rodear todo tipo de vendedores, volanteros, mendigos y limpiaparabrisas. Resulta que un día estoy en la calle, veo acercarse a un chavillo dispuesto a lavar el vidrio de mi coche, volteo a la caja donde guardo las monedas, está vacía. Le comienzo a hacer todo tipo de señas para evitar que lo haga. Entre más se acerca más me muevo, grito y hago todo tipo de gestos hasta que pasa lo inevitable: veo el jabón bañar todo el parabrisas y al jovencillo comenzar a lavarlo. Ya que terminó se acerca para recibir su propina y le digo: «Te dije que no tenía dinero, ¿por qué lo lavas?», a lo que él responde: «No importa, solo págame con una sonrisa».

«¿Quién me ayuda?»

Por azares del destino, llegué a tomar el metro en hora pico hacia mi casa. Resulta que al transbordar de una estación a la otra, de pronto veo a lo lejos a un hombre en silla de ruedas. Lo complicado llegó en el momento en que para seguir avanzando se necesitaba bajar escaleras. No uno, no diez… sino 60 escalones sin otra opción (claro que no hay elevador). De pronto, el hombre se detiene y grita: «¿Me ayudan a bajar?» Yo estaba al lado de él, así que me detuve a tratar de pensar cómo bajarlo. No iba a ser muy sencillo y menos si nadie más se paraba. Resulta que al voltear, vi a unas 8 personas listas para cargarlo. Nos organizamos y entre todos ayudamos al señor a bajar y subir al metro. Con un simple “gracias” se despidió y continuó su camino.

Y a la Cruz Roja, ¿quién le ayuda?

Finalmente, la tragedia que azotó a México en las recientes semanas —el cruce de dos huracanes— me hizo continuar con estas observaciones. Decidí ir a la Cruz Roja a ayudar a juntar, clasificar y cargar víveres. Lo que me sorprendió, fue la actividad que había en ese lugar, la cantidad de personas que llegaban con donaciones, el gran número de personas ayudando a moverlas, clasificarlas y llevarlas a los trailers. «¿Qué hago?» Le pregunté a la coordinadora de voluntarios. «Lo que se necesite», fue su respuesta. Después de unos 5 minutos que ves a todo el mundo corriendo en todas direcciones, entiendes un poco cómo funciona la cosa y te mueves para ayudar.

Estas experiencias, muy sencillas me han hecho pensar profundamente en la capacidad de bondad que tenemos. Todos podemos ayudar a la gente —conocida o desconocida— podemos hacer actos espontáneos de amor y amabilidad por alguien. En eso consiste la experiencia humana y por eso vale la pena la vida.